Hoy te descubrí. Hoy llegaron a mí unas palabras que debieron entregarse antes. Que se te olvidó agregar cuando me compartiste ese párrafo ajeno y editado que hablaba sobre las palabras que se usaban para decir Esta boca es mía o Por qué tenemos las bocas juntas. Se te olvidó agregar lo que venía más abajo. Ah, lector olvidadizo, muchacho cobarde, dedos perezosos, ¿por qué no agregaste entonces las líneas esas que anunciaban lo que yo no supe entonces?
"...esta sufridora y paciente María Paz no va a tener derecho ni a la mitad de una palabra, aunque ya haya comprendido casi todo cuanto tenía que comprender, es decir, que su novio, amante, amigo de cama, o como quiera llamársele en estos tiempos de hoy, se prepara para poner pies en polvorosa". (La referencia ya la conoces)
Jun 2, 2005
Jun 1, 2005
estetoscopio
Hoy recordé algo. Hace dos meses fuimos a conocer a la bebé de un amigo de un amigo. Fui por la solidaridad de ser extranjeros al mismo tiempo. Por compartir todo lo ajeno simultáneamente. Porque me gustaría que si yo alguna vez tuviera un hijo en esa circunstancia, todas las personas que me conocen en el territorio desconocido estuvieran al pendiente. Pegué la nariz al vidrio que separaba la vida del mundo. Los recién nacidos envueltos e hinchados y rojos. Los ojos cerrados, inmóviles todavía. Entró un hombre sin bata. Pantalones oscuros, camisa de rayas. Era una camisa fina, tal vez lo supe por el reloj que se asomó cuando empezó a arremangarse. Las cosas finas se rodean sólo de cosas finas. Canoso, semi-calvo. Lo miré lavarse con gusto. El gusto era mío. Con una tacañería que tal vez me sorprende ahora. Giddiness quizás sería la palabra en inglés. Se secó sin darse cuenta de que yo lo miraba. Como si mi lado del vidrio fuera invisible para él. Después vino el gesto. Algo que no olvidé. Tomó un bebé con la destreza de una sola mano y con la otra desempeñó el gesto. El pulgar danzó en círculos sobre el metal frío. Fue un gesto pequeño e insignificante, pero me habita desde entonces.
May 24, 2005
globales
En unos días más, cuando vuelva a Nueva York, no estarás ahí para recibirme. Cuando te llame para decirte ya llegué seguirá siendo larga distancia. La culpa la tiene la globalización. Es mentira eso de que el mundo se ha vuelto más pequeño. Se ha vuelto más común viajar, es todo. Las distancias están ahí, traicioneras. Te marchaste hace algunas semanas a visitar a tus padres en el caribe, en esa cruzada tan inspiradora para la que ni tú ni yo hemos tenido valor ni ganas. Heredamos el nomadismo misionero, pero se nos ha olvidado la cruzada, el evangelio. Vamos por los aeropuertos como de niños anduvimos en bicicleta por los barrios de nuestra infancia. No tenemos miedo porque nuestros padres oran por nosotros. Sí, me lo has dicho que te sorprende. Digo orar y no rezar, a pesar del colegio de monjas. Tus exnovias católicas decían rezar y no te habías dado cuenta lo mucho que te molestaba hasta que me conociste. Eso no importa ahora. Estás lejos. Pasarás el verano -nuestro primer verano- muy al sur, en el frío chileno de mujeres hermosas y alumnos despeinados. La culpa es de la globalización, voy a anunciar cuando hablemos por teléfono. También voy a pedirte que me traigas un par de libros y algunos cidís. Sería más fácil que me los copiaras, pero piensas que es ilegal. Piensas que la industria musical estaría siendo saqueada si yo pulsara importar en mi computadora blanca que no te gusta. Es tu dinero, allá tú. Entonces te ríes y me abrazas y dices que no me enoje, que me traerás música de allá abajo. When I go down there, dices y los dos nos reímos porque se nos ha ocurrido otra cosa. Pretendo que me ofendo. Leo tus pensamientos en los ojos. Va a retarme, dicen tus ojos. No, voy a regañarte. Es diferente. Voy a regañarte en mexicano. Voy a dejar de usar ese castellano correcto y neutral que uso en Nueva York, donde uno no puede andar tirando modismos por ahí, no somos todos iguales. A tí no te importa, no te importa que a veces no te entiendo. Que a cada rato tengo que preguntarte qué significa eso que acabas de decir. Pedirte que traduzcas a tus amigos cuando han tomado mucho vino y hablan todos muy rápido. Tal vez necesito leer más libros de tu país al sur, pero no sé.
May 23, 2005
buen amante
Todavía no sé si serás un buen amante. Es decir, todavía no sé si lo eres. ¿Eres buen amante? Esas cosas no se andan diciendo por ahí. Quisiera imaginarme que eres un amante excepcional, pero todavía no lo sé. Los hombres que hablan poco no han resultado ser tan buenos amantes. A veces, entre las sábanas, dicen cosas inadecuadas. No, no ofensivas, nadamás inadecuadas. Tampoco te voy a contar anécdotas de cosas que ya pasaron, estás como loco. Una noche, cuando hayamos terminado, cuando ambos hayamos tocado el gozo con el dedo gordo del pie, entonces es posible que me arranques alguna reminiscencia de un hombre pretérito, pero será todo. Decir cosas torpes en el lecho no tiene nada de malo, no vayas a pensar y luego te vayas a quedar callado. Pero no estoy hablando de eso. Tal vez, una cierta sensibilidad. Tú también escribes, como yo. Tú también les escribes obsesivamente a tus mujeres. Les hablas de las cosas que lees y de tu país al sur y de tu música y los poemas que sabes de memoria. Yo no sé ningún poema de memoria, pero no hace falta, porque habrás de recitar alguno una mañana, cuando yo no quiera despertarme. Entonces voy a sonreír con los ojos todavía cerrados, mirando el recuerdo de que has sido un buen amante. Eso es muy importante.
May 21, 2005
tercera
Esta vez es diferente. Como asomarse al aire ahí donde es redondo con los ojos abiertos. Esta vez todo es nuevo. Me la trajeron de Buenos Aires, una edición viejita, con la portada rara que no salió en otras partes. Usada pero sin trazos de las lecturas anteriores sobre las hojas. Tampoco yo habré de marcar las páginas numeradas. Lo estoy leyendo de otra forma, en el riguroso orden numérico progresivo de tal forma que al séptimo intento toco tu boca. Este libro no lo había leido nunca. Es la tercera copia que poseo. La primera se perdió entre México y Francia, tal vez en un tren, tal vez una maleta mal hecha, tal vez un amor abandonado del otro lado. La segunda, el antiácido del alma indispensable para las noches de insomnio. Leerlo tres veces por semana, en donde la mano azarosa diga. Cuatro párrafos y tirarlo de nuevo en cualquier parte. Anotarle alguna cosa, doblarle una esquina. Negarse a prestarlo. Esta vez es diferente. Este libro no lo había leido nunca. Esa mujer no soy yo y a ese hombre es la primera vez que lo miro. Qué hermoso libro con sus peces rosas y negros y las noches de vodaka barato y los tapices de los hoteles sucios y la lluvia que cae como duchas y los paraguas musgosos al fondo del abismo y el amor, esa palabra...
May 18, 2005
May 13, 2005
creyente
Anoche soñé contigo por primera vez. Te llevaba a conocer a mis padres. Íbamos en auto por la calle de mi adolescencia a oscuras. Nos bajamos y te dije, aquí es. Me miraste y estabas contento. Tomaste mi mano y te miré sorprendida ¿entonces va a ser oficial? No dijiste nada, sólo me volviste a tomar la mano, como para asegurarme que la incertidumbre era real. Entramos por la puerta del negocio y saludé al empleado de toda la vida con la sonrisa de quien conoce una buena noticia. Tu mamá está arriba, dijo, y corrí llevándote detrás mío como un papalote. No teníamos maletas. Qué irá a decir mi padre, pero no te lo dije. Mi mamá estaba inclinada sobre un montón de papeles absurdos, qué bueno que llegaron, nos dijo sin levantar la vista más de un segundo. Éste es David, dije y enseñé la mano que todavía sostenías. Van a tener que cooperar con alguna de mis causas de esta semana, dijo mi madre. Empecé a protestar, estamos de visita, no empieces, qué barbaridad y me cortaste la frase con un beso. Pusiste un brazo alrededor de la cintura y tomaste un par de boletos para la ópera. Tranquila -a mí-. ¿Qué tan noble es esta causa? ¿Cuántos niños comen cuánto tiempo con este par de boletos? -a mi madre-. Seductor, le encantaste en seguida. Hablaste de tu padre, de las creencias de tu padre. Es posible que citaras un par de versículos. Yo te miraba como si fuera la primera vez. Era la primera vez. Quisiste comer algo. Tramposo, tú no eres creyente, pero a mi madre le encantó la posibilidad de que regresaras a tus raíces, jugaste bien esa carta. Me miraste como deben mirar los hombres que están enamorados para que una se enamore para siempre jamás, aunque luego se despierten y se den cuenta de que es imposible.
May 12, 2005
Virginia
Esa mujer no entiende mi sensibilidad. Finge que no sabe que me aburre decididamente su trabajo pendiente, sus lecturas sobre abstracciones políticas, las diez mil palabras que tiene que escribir sobre la democracia y el accountability. Hace un momento logré distraerla lo suficiente para que dejara el grueso volumen sobre teoría política y llevara a su cuerpo al baño. De regreso, la obligué a que caminara por entre los estantes, en lugar de ir por el pasillo. Los títulos en los lomos la llamaron. Le susurré bajito al oído: "Virgina Woolf". Entonces tomó uno de los diarios de VW y lo abrió al azar. Las dos leímos con un temblor en Septiembre 1940, Jueves 5:
" Una idea. Todos los escritores son infelices. La imagen del mundo en los libros es entonces demasiado sombría. Los sin-palabras son los felices: mujeres en jardines campestres: la señora Chavasse. ¿Son felices los músicos, los pintores? Será más feliz su mundo. Ahora, en mi camisón, a caminar en los marshes" (315)
Ella, esa mujer, me lo tradujo mal, lo presiento, pero yo no puedo escribir en inglés, así que le creo y transcribo lo que me leyó. No la quiero a esa mujer, la odio.
Pobre, ella tampoco es feliz.
" Una idea. Todos los escritores son infelices. La imagen del mundo en los libros es entonces demasiado sombría. Los sin-palabras son los felices: mujeres en jardines campestres: la señora Chavasse. ¿Son felices los músicos, los pintores? Será más feliz su mundo. Ahora, en mi camisón, a caminar en los marshes" (315)
Ella, esa mujer, me lo tradujo mal, lo presiento, pero yo no puedo escribir en inglés, así que le creo y transcribo lo que me leyó. No la quiero a esa mujer, la odio.
Pobre, ella tampoco es feliz.
May 11, 2005
al vuelo
Anoche te vi volver a la oficina después de que ya nadie estaba trabajando. Traías contigo una pesada mochila negra. Media hora más tarde (¿qué diablos hiciste en media hora?), cuando te dirigías a la puerta para ir a la calle y tomat el F o el B o el V que te llevarían a tu flat, echaste una mirada rápida al grupo de gente que festejábamos el fin del semestre. Mis ojos pesacron los tuyos al vuelo. Como un ave que atrapa el alimento antes de que toque el suelo, mis ojos a los tuyos, para que no cayeran sobre otro rostro. Sonreíste y levantaste una mano que me arrancó un gesto de alegría a la distancia. Yo también te dije adiós.
Adiós.
Adiós.
May 7, 2005
vara
Voy a contarte cómo fue que un día me convertí en adivina y después lo olvidé para siempre hasta hoy. Era invierno y estaba haciendo mucho frío. Habías ido a buscarme al aeropuerto con un periódico en la mano. Cuando hablamos por teléfono me pediste que me sentara un rato en la sala cuando llegara, porque el horario de mi avión te resultaba inconveniente. Yo había arreglado todo para salir a las cinco de la mañana del aeropuerto de McAllen, para que tuviéramos todo el día juntos y tú me saliste con que tenías cosas que hacer y que me llevara por favor un libro que me entretuviera mientras te esperaba, sería sólo cuestión de un par de horas. Mentiste y debí saberlo entonces. Pero si lo hubiera sabido entonces, entonces nunca hubiera ido a Chicago ese invierno a que recibiéramos el año nuevo. Cuando buscaba mi maleta apareciste con un periódico en la mano. Olvidé la maleta y corrí. Es cierto, corrí a tu encuentro. Hace mucho que no corro al encuentro de nadie. Eso lo supe a la mañana siguiente. A la mañana siguiente fue cuando me convertí en adivina y predije que no correría más al encuentro de nadie nunca. O casi nunca. Estábamos tirados de espaldas mirando el futuro. Habíamos pasado mi primer día en Chicago haciendo compras. Tomamos el metro y fuimos al supermercado y compraste callos de hacha y salsa de tomate con vodka y queso y pan y tal vez hubieras comprado vino, pero no lo sé. Llevábamos mi pequeña maleta en el carrito con los víveres como si fuera la cosa más normal del mundo. No recuerdo qué hicimos después, cuando llegamos a tu casa. Es posible que hayamos hecho el amor tres veces, pero no estoy segura. A lo mejor sólo serían dos. Después me hiciste de comer mientras me contabas cosas de gentes que no conozco. De mujeres que habían estado enamoradas de tí toda la vida y cosas así.
Yo estaba enamorada de tí, y es posible que tú pensaras que estabas enamorado de mí. Esa noche, creo que fue esa noche, me pediste que me pusiera unos zapatos bonitos. Zapatos bonitos casi siempre quiere decir altos y que el pie se congele. Tomamos un taxi y no me dijiste a dónde íbamos. Las direcciones que le dijiste al taxista las he olvidado porque no me decían absolutamente nada. Me susurraste al oído que te gustaba y que "me habías visto por ahí". Después, indolente, me preguntaste que si quería que tuviéramos sexo. Eran las líneas ridículas de una canción que te ocupaba un cacho del cerebro desde hacía algunas semanas. Yo miraba las calles y me reía. Llegamos entonces a un restaurancito minúsculo. El mismo al que me habías invitado la primera vez que me invitaste a ir a Chicago a visitarte. Cruzamos la calle tomados de la mano, yo me había puesto un pantalón color camello con un suéter de cuello alto negro y los aretes que me regalaste. Cenamos con una lentitud deliciosa. Yo ordené en francés una ratatouille y tú pediste, tal vez pediste pescado. Nos encontramos a un amigo tuyo y me lo presentaste antes de que llegarala comida. Es un alcohólico, me susurraste. Se dijeron feliz navidad a pesar de que él es judío y tú no tienes motivos para festejar el nacimiento de Jesús.
Después quiso saber qué habías recibido como regalo. A ella, dijiste y te reíste. Yo también me reí y cuando compartimos una mirada breve te sonreí con dobles intenciones. Después se marchó y volvimos a hablar de cualquier cosa y a mirarnos como bobos. Bebimos vino y lo sentimos irse a la cabeza deliciosamente. No discutimos los procesos químicos que se estaban llevando a cabo en nuestros cuerpos, pero nos sentíamos bien. Cuando salimos de ahí y yo pensé que iríamos ahora sí a dormir, me llevaste a oír jazz. Todavía oigo jazz y es ahí. Cierro los ojos y estamos en ese lugar oscuro, parados junto a la barra. Tus dedos imitan el ritmo de la música sobre mi espina. Después se deslizan y terminan por acomodarse en un descanso de cadera. Estamos tomando cerveza y mirándonos como idiotas. Hablamos de la gente que está sentada, los observamos, nos burlamos. Vuelves a susurrarme cosas al oído. Aquí hay que usar ropa, desafortunadamente. Esta noche soy hermosa y tú eres perfecto y Chicago no se da cuenta que se convierte poco a poco en una leyenda. Que esta noche se construyen varios mitos fundadores y yo mañana tendré una premonición.
Es de día, pero no tenemos planes de aceptarlo todavía. El sol está entrando por el ventanal y desde donde estamos tumbados podemos mirar el lago. Hiciste café y pan con queso y mermelada pero no has logrado sacudirnos por completo la madrugada del pelo. Hay estrellas tiradas por todas partes. Entonces me doy cuenta que no habré de estar nunca más con ningún hombre. Acostada sobre tu pecho digo con los ojos cerrados: "Estás poniendo la vara muy alta" y suspiro resignada. Entonces dices una estupidez que me confirma que no habremos de estar juntos "No, no te conformes nunca. No te conformes con menos que esto". DEspués lo olvido todo hasta hoy. Hasta hoy me doy cuenta que por eso no consigo decir que sí. Mi decreto desnudo de invierno frente al lago me lo impide. Tengo muchas ganas de volver a. Dejaste la vara ahí, imposible, fraudulenta. Una vara tan alta construida a base de mentiras no puede ser cierta. Habremos de quitarla, habremos de bajarla. No para conformarnos, pero para que nos amen de verdad. A mí, a mi cuerpo, a mi deseo cansado de tí. Expulsar tu marca mentirosa de mi piel, arrancarla del recuerdo.
Yo estaba enamorada de tí, y es posible que tú pensaras que estabas enamorado de mí. Esa noche, creo que fue esa noche, me pediste que me pusiera unos zapatos bonitos. Zapatos bonitos casi siempre quiere decir altos y que el pie se congele. Tomamos un taxi y no me dijiste a dónde íbamos. Las direcciones que le dijiste al taxista las he olvidado porque no me decían absolutamente nada. Me susurraste al oído que te gustaba y que "me habías visto por ahí". Después, indolente, me preguntaste que si quería que tuviéramos sexo. Eran las líneas ridículas de una canción que te ocupaba un cacho del cerebro desde hacía algunas semanas. Yo miraba las calles y me reía. Llegamos entonces a un restaurancito minúsculo. El mismo al que me habías invitado la primera vez que me invitaste a ir a Chicago a visitarte. Cruzamos la calle tomados de la mano, yo me había puesto un pantalón color camello con un suéter de cuello alto negro y los aretes que me regalaste. Cenamos con una lentitud deliciosa. Yo ordené en francés una ratatouille y tú pediste, tal vez pediste pescado. Nos encontramos a un amigo tuyo y me lo presentaste antes de que llegarala comida. Es un alcohólico, me susurraste. Se dijeron feliz navidad a pesar de que él es judío y tú no tienes motivos para festejar el nacimiento de Jesús.
Después quiso saber qué habías recibido como regalo. A ella, dijiste y te reíste. Yo también me reí y cuando compartimos una mirada breve te sonreí con dobles intenciones. Después se marchó y volvimos a hablar de cualquier cosa y a mirarnos como bobos. Bebimos vino y lo sentimos irse a la cabeza deliciosamente. No discutimos los procesos químicos que se estaban llevando a cabo en nuestros cuerpos, pero nos sentíamos bien. Cuando salimos de ahí y yo pensé que iríamos ahora sí a dormir, me llevaste a oír jazz. Todavía oigo jazz y es ahí. Cierro los ojos y estamos en ese lugar oscuro, parados junto a la barra. Tus dedos imitan el ritmo de la música sobre mi espina. Después se deslizan y terminan por acomodarse en un descanso de cadera. Estamos tomando cerveza y mirándonos como idiotas. Hablamos de la gente que está sentada, los observamos, nos burlamos. Vuelves a susurrarme cosas al oído. Aquí hay que usar ropa, desafortunadamente. Esta noche soy hermosa y tú eres perfecto y Chicago no se da cuenta que se convierte poco a poco en una leyenda. Que esta noche se construyen varios mitos fundadores y yo mañana tendré una premonición.
Es de día, pero no tenemos planes de aceptarlo todavía. El sol está entrando por el ventanal y desde donde estamos tumbados podemos mirar el lago. Hiciste café y pan con queso y mermelada pero no has logrado sacudirnos por completo la madrugada del pelo. Hay estrellas tiradas por todas partes. Entonces me doy cuenta que no habré de estar nunca más con ningún hombre. Acostada sobre tu pecho digo con los ojos cerrados: "Estás poniendo la vara muy alta" y suspiro resignada. Entonces dices una estupidez que me confirma que no habremos de estar juntos "No, no te conformes nunca. No te conformes con menos que esto". DEspués lo olvido todo hasta hoy. Hasta hoy me doy cuenta que por eso no consigo decir que sí. Mi decreto desnudo de invierno frente al lago me lo impide. Tengo muchas ganas de volver a. Dejaste la vara ahí, imposible, fraudulenta. Una vara tan alta construida a base de mentiras no puede ser cierta. Habremos de quitarla, habremos de bajarla. No para conformarnos, pero para que nos amen de verdad. A mí, a mi cuerpo, a mi deseo cansado de tí. Expulsar tu marca mentirosa de mi piel, arrancarla del recuerdo.
May 6, 2005
May 5, 2005
...
Tal vez, en lugar de prolongar esta conversación entre mi ira y tu indiferencia, este diálogo inútil entre tu abandono y mi persistencia deberíamos de llamarnos por teléfono. Para dejar de forzar al teclado y seguir contaminando esta pantalla. Tal vez debería de marcar tu número, ¿qué número tienes? y decirte un par de cosas. Estaba pensando en los moretones ahora que me he conseguido unos nuevos. En esos de mayo pasado. Tú también tuviste miedo. Dijiste, fue hermoso y tuve miedo. Yo también tuve miedo. Éramos uno, de cabeza. Un mounstro con dos cabezas colgando al inifinito. Suspendidos en la boca de la noche, con los dientes sujetaste un pedazo de carne para que no saliera disparada a la nada. Entonces nos miramos tan de cerca que yo no supe si tu rostro era el mío. Nos reconocimos en el espejo del deseo, temblando, asomados en el abismo del gozo del otro, que sólo era uno. Ese día supe que no podría ser nunca más la misma. Que nunca más habría de pertenecer a otro cuerpo, a otra mordida desesperada de la vida. Fue como si me hubiera quedado ahí. Como si de mi brazo hubieras desprendido el único pedazo de mí que me falta y que me impide seguir viviendo. No puedo decir que esto sea vivir. Un año carajo. Un año desde esa noche, tal vez fuera la tarde, no lo sé. Recuerdo todo tan claramente excepto la luz. Era poca, pero no podría decir que fuera de noche. Posiblemente estuviera amaneciendo. Eso es. Fue un sábado, me parece, porque el domingo quisiste que fuéramos al cine y yo no estuve. Había tenido que cumplir con las cosas de la familia. Había tenido que esconder los moretones con cuidado. No quería esconderlos. Estoy llorando desesperadamente. Con la misma desesperación que pedías más. Con el pesar de haber visitado otros cuerpos y no encotnrarme, no reconocerme en ninguno de esos ojos, de comprobar otra vez que esos brazos non son. De solicitar reemplazos entre susurros, de complacer cuerpos ignorantes para ver si hay en ellos alguna fibra. Descrubrirte en otra parte. Repasar en otros los gestos que te volvían barro entre mis dedos, los que me permitían apropiarte de tí. Despierta toda la noche, acomodándole estrellas en el pelo al hombre en turno, deseando que cuando despierten por fin me digas buenos días, quérmosolevantarmedetí. Mendigando un poquito de tí a los demás. Cómo me duele, doctor, cómo me duele que no puedas curarme. Cómo me sigue doliendo hoy justo hoy justo esta mañana. Se me acaba de escapar un grito. Un dolor, este agujero. Y tú, tú que estás con tu gente y que no te acuerdas. Tú que vas y vienes y te pones tu disfraz de ciudad. Eso es. Hace mucho que dejé de ser ciudad. Hace mucho que no tengo encima eso que yo era. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de cómo llegabas a los límites de mi ciudad y te arrodillabas? Nunca nadie vino con tanta devoción. Por eso te abría puertas y ventanas y todo era una fiesta. Pensé que éramos muy felices. Yo era muy feliz. Por eso hoy no. Por eso hoy tengo un recuerdo estúpido de tu voz y de tu todo eso que ya no está. Esa vez que me tomaste y nos marchamos a otra parte. Después nos tumbamos y cada quien se marchó a otra parte. Ya no quiero este agujero. Regrésame eso que te llevaste con una mordida furiosa. Me duele. Me duele todo, es como si me estuviera saliendo de mí por los ojos. ¿Sabes cómo? No creo. Anoche tuve fiebre, lo entiendo ahora. Desperté sobresaltada, con el cuerpo mojado, sin enteder qué había pasado. Era fiebre, las sábanas mojadas. La mancha que decía fiebre fiebre y yo sin entender. No quise comer. No quiero salir. Ayer me dijeron que me hacía falta salir. Ayer tuve tantas ganas de que fueras él. Tantas ganas de pedir un abrazo. Cuando lo recibí sentí una profunda vergüenza. No era. No lo quería. No estábamos
Apr 30, 2005
M60
Abril 7, 2005
En el M60 hacia Harlem
Todavía no puedo creer cuánto se parecía a ti. A como vas a ser tú cuando estés gordo y cansado. Me subí al M60 en Harlem hace una hora, cansada de escuchar la perorata de Julio. Julio que quería ser piloto pero sólo pudo ser policía. Julio que también estaba esperando el M60 con un sobre sospechoso en la mano y que me contó que él creció aquí cerca. Yo nunca había estado en Harlem, pero ponía cara de que sí mientras Julio intentaba que conversáramos. Julio de madre cubana y padre purtorriqueño. The blood in me is hot, dijo. Que llegó a los veinte años a Nueva York y antes vivió aquí. Luego no, porque era inseguro y peligroso. Hasta que Clinton se vino a poner su oficina a esta área, ahora nadie tiene miedo de venir a Harlem. Tú qué haces en Harlem, ¿por qué vas al rumbo del aeropuerto? Mentí y dije que iba a recoger a mi padre. Él iba a un asunto de negocios, pronto se va a retirar. Desde dónde vuela tu padre. Texas. Julio que me quería impresionar dicipendome que en Texas habría estos días una fiesta de músicos en honor de una gran mujer. Selena. Tan hermosa Selena y la mataron. That woman, I wonder if she still in jail. She was in love with her, and she killed her. Shot her. Women loving women, thats not good. Así no son las cosas, ¿sabes? Sabes que yo haría si me gustaran los hombres. Entonces me mira desafiante desde su chaqueta de mezclilla y su pelo entrecano. Yo me doy un tilo, you know, I do it. Women are my life, oh sí. Girls, y se me acerca mientras maldigo al M60 que no llega y luego lo vuelvo a maldecir cuando recuerdo que vamos a subirnos ambos en el mismo cuando llegue. I like girls very much. Tengo miedo cuando me subo al M60 que llegó me parece reptando hasta la parada. Una vez arriba siento más miedo. Pero este es diferente. Tengo miedo de verte ahí, con una argolla en la mano izquierda. Tienes papada. Julio me dice algo sobre el bus que viene lleno pero no puedo ponerle atención, una mano en la barra metálica, la mirada en tu futuro triste. Tienes papada. No puedes ser tú. Entonces miro tus brazos y el vello está ahí, idéntico. Los lunares en los lugares precisos. Eras igualito a tí cuando estés cansado. Cuando tengas una maleta y estés despeinado en un bus que va al aeropuerto. Después la ví a ella, un asiento más adelante que tú. Cuando alguien se bajó sólo ella había encontrado asiento y dos paradas más adelante se había desocupado el lugar detrás suyo, donde ahora te miro sin creerlo. Parecía que viajabas solo, por la forma de estar que tenías. Ibas con ella pero estabas solo. Ella era infeliz. No estaba cansada, infeliz. Pude adivinar lo que alguna vez te gustó de ella, todavía hablaba su rostro de una belleza antepasada. La nariz tosca, el cuerpo todavía pequeñito, la mirada indiferente. Tal vez la mirada sí hubiera cambiado. No lo sé. You don't stare at people in public transportation, me susurra Julio al oído y me estremezco. Cómo explicarle que eres tú con una camiseta polo de manga corta, algunos años más tarde. Cómo decirle que el reloj en tu muñeca y el gesto ese cansado de girar la cabeza para que te truene el cuello siguen ahí. Miro a Julio ahora con complicidad anticipando el aeropuerto y mis labios dibujan palabras que tú ni nadie en el autobús escucharon: That man used to be mine.
En el M60 hacia Harlem
Todavía no puedo creer cuánto se parecía a ti. A como vas a ser tú cuando estés gordo y cansado. Me subí al M60 en Harlem hace una hora, cansada de escuchar la perorata de Julio. Julio que quería ser piloto pero sólo pudo ser policía. Julio que también estaba esperando el M60 con un sobre sospechoso en la mano y que me contó que él creció aquí cerca. Yo nunca había estado en Harlem, pero ponía cara de que sí mientras Julio intentaba que conversáramos. Julio de madre cubana y padre purtorriqueño. The blood in me is hot, dijo. Que llegó a los veinte años a Nueva York y antes vivió aquí. Luego no, porque era inseguro y peligroso. Hasta que Clinton se vino a poner su oficina a esta área, ahora nadie tiene miedo de venir a Harlem. Tú qué haces en Harlem, ¿por qué vas al rumbo del aeropuerto? Mentí y dije que iba a recoger a mi padre. Él iba a un asunto de negocios, pronto se va a retirar. Desde dónde vuela tu padre. Texas. Julio que me quería impresionar dicipendome que en Texas habría estos días una fiesta de músicos en honor de una gran mujer. Selena. Tan hermosa Selena y la mataron. That woman, I wonder if she still in jail. She was in love with her, and she killed her. Shot her. Women loving women, thats not good. Así no son las cosas, ¿sabes? Sabes que yo haría si me gustaran los hombres. Entonces me mira desafiante desde su chaqueta de mezclilla y su pelo entrecano. Yo me doy un tilo, you know, I do it. Women are my life, oh sí. Girls, y se me acerca mientras maldigo al M60 que no llega y luego lo vuelvo a maldecir cuando recuerdo que vamos a subirnos ambos en el mismo cuando llegue. I like girls very much. Tengo miedo cuando me subo al M60 que llegó me parece reptando hasta la parada. Una vez arriba siento más miedo. Pero este es diferente. Tengo miedo de verte ahí, con una argolla en la mano izquierda. Tienes papada. Julio me dice algo sobre el bus que viene lleno pero no puedo ponerle atención, una mano en la barra metálica, la mirada en tu futuro triste. Tienes papada. No puedes ser tú. Entonces miro tus brazos y el vello está ahí, idéntico. Los lunares en los lugares precisos. Eras igualito a tí cuando estés cansado. Cuando tengas una maleta y estés despeinado en un bus que va al aeropuerto. Después la ví a ella, un asiento más adelante que tú. Cuando alguien se bajó sólo ella había encontrado asiento y dos paradas más adelante se había desocupado el lugar detrás suyo, donde ahora te miro sin creerlo. Parecía que viajabas solo, por la forma de estar que tenías. Ibas con ella pero estabas solo. Ella era infeliz. No estaba cansada, infeliz. Pude adivinar lo que alguna vez te gustó de ella, todavía hablaba su rostro de una belleza antepasada. La nariz tosca, el cuerpo todavía pequeñito, la mirada indiferente. Tal vez la mirada sí hubiera cambiado. No lo sé. You don't stare at people in public transportation, me susurra Julio al oído y me estremezco. Cómo explicarle que eres tú con una camiseta polo de manga corta, algunos años más tarde. Cómo decirle que el reloj en tu muñeca y el gesto ese cansado de girar la cabeza para que te truene el cuello siguen ahí. Miro a Julio ahora con complicidad anticipando el aeropuerto y mis labios dibujan palabras que tú ni nadie en el autobús escucharon: That man used to be mine.
Apr 27, 2005
chofer
Estábamos en un auto. Tal vez fuera un auto compacto azul, quién sabe. Dijiste que te habías cansado de un auto que yo nunca conocí. Quisiste saber de las cosas que sucedían en mi vida. Preguntaste por los avances. Yo no quería contestar porque tenía miedo que el temblor del estómago se reflejara en mi garganta. Te reíste de que yo estuviera pegada a la ventanilla trasera, lo más lejos posible del extremo que tú ocupabas. Tal vez estuvieras vestido de verde cansado y arrugado. Cuando empecé a contarte como niña, entusiasmada, de algo que había descubierto y que me causaba mucha emoción me interrumpiste. Ya lo sé. El hombre ese del que piensas que vas a enamorarte. Te miré sin querer entender. Tal vez no podía entender. Te sigo muy de cerca, cada palabra. Lo sé todo, dijiste. Después ya no fue necesario mantener la distancia porque conducías el auto que tal vez fuera azul y compacto. Yo estaba en el asiento trasero. Protesté. Si así me iba a pagar la vida, "si la vida piensa que..." empecé y entonces te reíste con muchas ganas. ¿Quién se cree la vida que es...? repetiste teatralmente mientras me mirabas por el retrovisor. Si la vida se piensa que haciéndote mi chofer en una noche de sueño me va a pagar todo el daño que me hiciste, si ésta va a ser toda la venganza que me toca, renuncio. No la quiero. Aquí me bajo yo.
Apr 23, 2005
Lol Stein
"Podríamos decirlo de otra manera. Podríamos decir que ella comprende que su novio vaya hacia otra mujer. Comparte totalmente esa elección que han tomado en su contra y como consecuencia de ese suceso pierde la razón. Es un olvido. En las heladas sucede un fenómeno parecido. A los cero grados el agua se hiela, pero a veces, cuando hace frío hay tal inmovilidad del aire que el agua se olvida de helarse. Su temperatura puede descender hasta cinco grados antes de que se hiele".
-Marguerite Duras, sobre Lol Stein, en "La vida material"
-Marguerite Duras, sobre Lol Stein, en "La vida material"
Apr 22, 2005
inadecuada
Anoche, cuando estaba justo a punto de no dormirme, dos oraciones simples me visitaron. Poderosas, elocuentes. Alcancé con una mano la mesita de noche. Yo no tengo mesita de noche. Fracasé en encontrar una pluma o un lápiz o un papel o un cuadernito. Anoche, cuando estaba justo a punto de no dormirme, me dí cuenta que estaba en el lugar equivocado. Anoche me sentí terriblemente inadecuada y él no pudo entenderlo.
Apr 21, 2005
26
Lautriz se da cuenta de su edad. La pronuncia en voz alta. Lautriz repara en lo poco que ha escrito. En lo nada que ha escrito. A lautriz le dan ganas de llorar, de contar, de dejar de amar. Lautriz se da cuenta que el tiempo existe, que el tiempo anda y anda, como un bicho. Lautriz entiende que ese bicho terminará por comérsela a ella, pero no a las palabras. A las palabras nunca. Es preciso construir una muralla de palabras, para que llegada la hora de que Lautriz sea devorada por el tiempo, ellas se quedenn ahí.
Apr 20, 2005
tampoco
Me desperté primero, el sol se acomoda antes en mi cabeza. Me entretuve mirando los diferentes tonos que adquiere mi cabello bajo la luz de la mañana y después me puse a hacer café silenciosamente. Lo dejé dormir los últimos minutos de la primera noche calurosa de la primavera. Sonreí al mirar la sábana relegada en un costado. Acerqué la nariz a la lata del café y cerré los ojos. Tal vez alguna vez ví un gesto similar en la televisión. Anticipé la cafeína y abrí la ventana. El día entró de lleno. Cuando su despertador sonó volví a meterme en la cama, el sol empezaba a jugar con sus cejas. Puse un dedo sobre su brazo amodorrado. No había abierto los ojos. Cómo me gusta su espalda, besé un hombro. Hay que recoger las camisas de la tintorería. Más tarde. Cómo me gusta estar despierta sin que él lo sepa. Repasar los pequeños fragmentos de cuerpo que me quedan a la vista, cerrar los ojos y rozar su piel con mis pestañas. ¿Está enojado? Esperé inmóvil unos momentos y me dí por vencida; fui a tomar una ducha con la esperanza de que. Cuando salí estaba dándole el último sorbo a su café apresurado. Postergué el resto de mi rutina matutina porque entendí que tenía prisa. Antes de marcharse depositó un beso que me pareció burlón en la frente. Los miércoles no comemos juntos. Desde la puerta anunció que mañana muy temprano tenía reunión con el Consejo. Ah. Entonces esta noche tampoco.
Apr 17, 2005
Good bye
La despedí en inglés como para hacerle saber que no somos iguales. Ya no era chilena. Ya no había ese lazo de lengua que nos permitía hermanarnos. Le dí un abrazo y le dije honey, pero lo cierto es que sentía todo gélido. Quería que ella también sintiera helado. Te traje a mi casa, pero prometo no volverlo a hacer más nunca. Después me puse a recuperar el orden, a acomodar la silla en su lugar. Después vine a escribir para poder hacer un poco de justicia, para reganar un cachito de cordura. Carajo. Me odio.
Apr 13, 2005
mecera
A veces pienso que te estoy siguiendo. He pensado estas palabras desde antier, pero apenas hoy las escribo. A veces pienso que te estoy siguiendo. Lo acabo de decir en voz alta y me he sonreído. Me río de mí que te escribo y que te hablo como si de verdad. Cada vez que te leo me parece que te estoy siguiendo. Antier supe que estuviste en Montreal alguna vez. Tu crónica se parecía a lo que yo anoté en mi cuadernito. No sabía de tu estancia en Montreal cuando estuve allí, pero sí cuando regresé, y entonces tuve que devolver los pasos para acompañarte. Yo no estuve en el festival de jazz, pero hablé de él con todos los taxistas que me encontré. Todos me urgieron (¿se dice así en español? qué vas a saber tú, si a la hora de escribir no sabes nada. No te rías, sé de cierto que cuando quieres decir mesera escribes mecera. No fue un error de dedo, lo he visto por dondequiera en tus textos) a que volviera en el verano. Il y a du monde dans l'été ici. ¿Hablas francés? No lo sé. Tal vez un poco, no lo sé, seguro sabes francés. Te digo que pienso que te estoy siguiendo y mientras escribo "te" dudo. No hemos hablado nunca en español, y aunque seguro nos tutearíamos, me queda una duda pequeñita. Esta idea de que ando tras tus huellas me obsesiona. Tal vez por eso yo tuve que ir a Chicago el invierno antepasado. ¿Te das cuenta de todo el sufrimiento nomás para poder leer con una sonrisa conocedora tus líneas del lago? No te das cuenta. No sabes que fui a Chicago cuando tú estabas ya esperándome en Nueva York. Fui a Chicago para entender a qué saben los besos en la Avenida Michigan, para que cuando platiquemos de nuestras vidas anteriores podamos trazar mapas mentales y repasar las vueltas del destino que tomamos y entender por qué no nos hemos encontrado antes. Ayer por ejemplo, mientras pensaba que te estoy siguiendo, Benito Juárez. Te excediste esta vez. Una frase oscura del benemérito de las américas que querías que yo supiera. Te veías decepcionado, pero vamos, ¿de verdad esperabas que la supiera? De verdad esperabas que la supiera. A veces quisiera mejor que te dieras cuenta que te estoy siguiendo. Para que te detuvieras y giraras en los talones y me vieras. Me vieras de verdad. ¿Me irás a leer alguna vez? Sería súper emocionante. Que me leyeras como yo te leo a tí. Que camináramos hasta Houston y en lugar de que yo me siguiera derecho a Soho nos montáramos en el F hasta tu loft. Ah, también en el F te anduve siguiendo. Tal vez en el F hayamos coincidido cuando yo pasé esa semana loca de otoño en Nueva York.
Apr 10, 2005
Apr 6, 2005
leerlo
Después de leerlo un rato me doy cuenta. Él no sabe que lo leo. Tú tampoco sabes que lo leo. No sabes qué leo ni a quién. Pero si lo leyeras estoy segura de que también te darías cuenta. Podría enamorarme de este hombre. Nadie más podría sospecharlo después de leerlo. Cursi, dirían. Equis, sentenciarían. Tú no. Tú conoces la dosis exacta que hay que poner de cada cosa en las palabras para que yo me enamore. Así que después de leerlo, voltearías a mirarme y me dirías, vas a enamorarte de este hombre. En un escenario diferente, por supuesto. En uno en el que yo pudiera todavía decirte, mira doctor, mira esto que mencontré. En un escenario en el que, como tenemos llamadas ilimitadas, me marcarías a las dos de la mañana para contarme que estuviste t leyéndolo toda la noche y tienes un diagnóstico. Tenga cuidado con tipos como ése, seniorita ele, en cualquier momento la dejan a usted hecha palabra. En esa otra historia paralela, en la que tú y yo nunca nos besamos ni nos herimos ni abortamos hijos hipotéticos, me mandarías un correo electrónico que dijera: Estás enamorada de este hombre, pero todavía no lo sabes. A veces me gustaría pedirte que lo leyeras. Para que me pidieras que mejor me devolviera a estar enamorada de tí. Que lo leyeras para que empezaras otra vez a escribirte para mí.
Apr 5, 2005
Dijon
Los dos nos quedamos mirando a la mujer en silencio, con el estupor que causa reconocer en otro un detestable hábito propio. Con la vergüenza del que se mira en el espejo sin querer. Estaba sentada sola y llevaba una eternidad esparciendo minuciosamente la mostaza sobre el pan. ¿Cómo lo haces tú? Rompiste de súbito ese primer silencio que compartimos. Supe que sólo habría una manera de entrar en el juego. Al azar, un dibujo cualquiera sobre el pan directo del bote y se acabó. Sonreíste satisfecho. Ya estábamos en esto. Ya no se podría detener. Muy bien, aprobaste sin tener que explicarme que había salido airosa del único requisito arbitrario de esta cosa que podría ser cualquier un pan con mostaza. Que cada mordida sea una sorpresa, teorizaste, así me gusta a mí también. Porque uno sabe, y aquí entornaste los ojos y sonreíste de lado mientras tus manos ejercían la docencia gráfica del método. Uno sabe que es deliciosa, y uno puede asegurarse un continuo y aburridísimo pan de mostaza constate. Pero no hay mayor placer que el de la mordida seca que anticipa la siguiente, la que tal vez sí contendrá el picor en la nariz, el sabor excitante. Por eso comemos con tantas ganas. Y nos pusimos a vivir en la mentira. Jugamos a pretender que preferíamos no saber dónde estaría lo delicioso, a gozar la expectativa. Inventamos que nos encontrábamos por sorpresa, inesperadamente.
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