Tengo miedo de la mujer de los ojos fríos y el rostro envejecido. No es vieja, pero ha tenido una vida difícil la pobre. Nunca la había visto entrar donde la italiana. Nunca había hablado con ella, aunque me parece que la conozco de sobra. La vemos en la calle, con sus botas rosas y los mechones de rubio sucio tapándole la frente, como los flecos de una colegiala que viene de jugar en el parque. Ayer me puso la mano en el hombro mientras yo miraba por la vitrina. La nieve estaba haciendo remolinos en la calle, bailando con las bufandas. Ese hombre podría estar en cualquier lado, me dijo. Su voz era un secreto. Te he mirado, lo he mirado a él. Tiene los pasos inciertos, la mirada viajera. Tú no. Eres fuerte. Enfrentas este frío que no te pertenece, tomas café cada que entras aquí pretendiendo que no quieres más que un café y no te importa no poder comprar también un pan. Mírate bien, esa fue una decisión. Tú pediste estar aquí, marcharte lejos. Caminas sola por las noches, fumas, te detienes a charlar con una hoja. Piensas que él también quiere estar aquí. Pobre niña con cabeza de muchacho. Crees que te besa igual ahora que has hecho un desastre con el pelo largo porque te ama. Lo cierto es que no se ha fijado. Podrías ser cualquier otra. Podría ser yo, yo incluso y no lo notaría. Él no ha pedido estar aquí. Déjalo de una vez.
Odio a la mujer de los ojos fríos.
Feb 26, 2005
derecho de queso
Tú me diste el derecho vitalicio de contarte esto. De dirgirme a tí en tu memoria cada vez que abras una caja redonda de madera. Me llamaste un día, o te llamé yo, qué importa eso, si ya ninguno llama al otro sino tal vez, tal vez de manera telepática, pero por supuesto que no. Acababas de ir al cine a mirar una película que casi logró evangelizarte. Estuviste a punto de ir a meterte a una iglesia, después de la impresión. Tú, quién lo diría. Después hablamos y me lo contaste y me hiciste una promesa el Brie es tuyo. Tuyo para siempre el Brie. Lo sabías, estabas seguro, doctor inacabado, de que esto de nosotros pasaría. Sabías, sabías de sobra -tú sí y yo me aferraba a no saberlo- que un día ya no nos íbamos a llamar más y yo estaría aquí escribiendo de tus cosas y tú estarías allá, deseando vagamente que yo no escribiera jamás de ese episodio vergonzoso. Por eso prometiste. Dijiste que el brí para siempre jamás era yo. Claro, por supuesto. Lo adquirí honrosamente, entre un hombro recién levantado y una taza de café con azúcar. Frente a un lago que amanecía, la pasta lechosa en la comisura que limpiaste con un beso envuelto en la bata de toalla azul. Ah, pero en dónde estábamos. Sí, en el ejercicio de mi derecho vitalicio sobre la memoria del queso y lo relacionado con el brie. Qué tonta sos, estarás pensando como quien le acaricia la cabeza a un perro. Como quien se burla del muchacho emocionado que mueve la cola mientras llama a sus padres desde la gran manzana la primera vez que mira los focos y la locura de times square. Te quejaste de que el queso sabía a algo raro. Como a amonia. Tal vez habías limpiado la cocina mientras el queso afuera. Tal vez, qué raro, qué raro sabor a químico. Entonces no lo sabías ni yo tampoco. Era queso viejo. Es una de las peculiaridades. El brie pasado huele a amonia. Ahora lo sé, ahora entiendo que los recuerdos no se pueden cambiar, pero sí se les puede hacer una anotación y hoy, con todo el derecho que tengo sobre el Brie, coloco una pequeña nota autoadhesiva junto a tu queja del queso que sabe a líquido limpiavidrios y anoto queso viejo sabe a azul en la nariz.
Feb 23, 2005
Feb 22, 2005
ventana
El frío se queda ahí, con los muertos. Estoy fumándome un desayuno envuelto en café y humo. Mi ventana da a la calle, pero al cementerio también. En la calle ya no hay nieve. Del otro lado de los ladrillos, donde están los muertos, la nieve sigue. Allá no hay palomas ni muchachas con botas rosas. El frío se ha quedado ahí, blanco, sin moverse. Yo estoy por encima de eso. Lo miro todo. El manto que cubre a los muertos desconocidos. Los árboles sin hojas. Ahí ahí ahí es donde se queda el frío, la muerte.
Feb 21, 2005
Feb 18, 2005
euzkadi
Cerró los ojos y se concentró en su placer. Los demás no lo entendían. Bebían y hablaban sin poner atención. Tampoco se dieron cuenta de la cantidad de minutos invertidos en cada plato. Cada bocado. El pan primero, con tomate y queso y aceitunas y anchoas. Le dolía un poco la garganta y eso le molestaba. Con delicadeza empujó los restos de queso y aceitunas hacia el pan. El pan. Ese pan casi silvestre de la corteza dura y el interior húmedo y dulce que hacen en la campiña francesa y venden en los mercados del sudoeste los domingos frente a las arcadas o a las iglesias. Los envueltos de jamón serrano rellenos de puré de trufa y coliflor. Un sorbo de vino. Lo sintió en la nariz. El vino tinto es un vasodilator, por eso el calor, esa sensualidad. Era salado, este último de jamón y trufa, pero igualmente exquisito. Se mojó los labios con la lengua y después, con la lentitud de quien siente cada uno de los movimientos de su cuerpo como ajenos descansó el cuchillo sobre la mesa.
Feb 17, 2005
pijamas
En pijamas. Son las tres de la tarde casi. Hace mucho debí bañarme. Sigo en con los pantalones de cuadritos rojos. Sos un huevo, me dijiste alguna vez. Es posible que tengas razón. Tengo tantas ganas de escribirte, de llamar, de decirte. Tengo la esperanza de que una vez que lo haga todo termine de una vez. Para mí no ha terminado. Eso lo sabes bien, estoy segura. Sigo dándole vueltas. Sigo escribiendo y fingiendo y postergando. No puedo hacer nada como me gustaría porque me falta saldar esa cuenta contigo. Muchas veces me pregunto qué pasaría si un café o una reunión o una llamada. Todos los días. It’s sick, I know. Eso fue hace tanto tiempo! Qué hago todavía acá? No lo sé. No lo entiendo. No sé qué me hiciste, afuera de mi casa, lo recuerdo, era de noche. Anoche, por ejemplo, mientras hacía de cenar, pensaba en aquel restaurante tailandés del que ordenaríamos la cena cuando vivías en Chicago. El que tardaba lo suficiente para. Mientras salteaba los champiñones intenté reconocer en esta nueva geografía el resutarante que nos permitiría hacer lo mismo si estuvieras aquí. Después caí en la cuenta de que posiblemente tú ya tengas esos lugares allá. Los que tardan suficiente y te dejan alcanzar a mientras con ella. Con ella. Ella, ella ella. Ellaellaella. También pienso mucho en ella, lo sabes? Lo sabes, lo sabes todo estoy segura, porque has sido muy eficiente en borrarte, en desaparecer. Cuando uno no lo sabe uno sigue haciendo las mismas cosas. Pero poner tanto cuidado en borrarte de mí, de este hoy en pijamas, eso sólo indica que lo sabes. Que me sabes tecleando desesperada en este sillón azul, desperdiciando el sol que entra por la ventana. En fin. Tengo que bañarme. Me dio gusto intentar hablar contigo.
Feb 13, 2005
paréntesis
Lautriz tomó su correspondencia y se dispuso a dar respuestas. Había un destinatario que reclamaba particularmente. Lautriz suspiró, se preparó otra taza de té. No quería hacerlo, le molestaba, pero ya no podía postergarlo. Entonces escribió sin temblores ni lágrimas. Entonces se encontró a sí misma tecleando oraciones de negativa, heladas, sin emoción. Cuando volvió sobre los renglones se dio cuenta de que había fórmulas comunes ahí. Entonces, sólo entonces, Lautriz sintió un vuelco. Otra vez, de hocico, un hueco. Darse cuenta, estar del otro lado de la indiferencia. Qué horrible. Qué horrible corresponder de esa forma. Lo imaginó entonces, al otrora lector, cuando tomó la hoja blanca y escribió las palabras que ella deseó nunca haber leído. Y fue él por un momento. Se dio cuenta. Eso había sentido él. Ese fastidio, ese numbness, ese no poder interesarse más por el que está del otro lado de las palabras de la negativa. Entonces Lautriz borró todo y tomó el teléfono y se dispuso a hacer las cosas de otra manera.
Feb 12, 2005
Cuatro
Salir y que me diera el aire. Dejar de ser yo, así se siente cuando salgo sola. Cuandono hay con quién hablar, cuando no hay a quién seguir. Detenerme en un café, mirar las vitrinas de las tiendas de antigüedades. Observar la forma en que la nieve se acomoda alrededor de los hidrantes, sonreírle a los nenes en las carreolas con sus grandes ojos y sus madres que no los miran por llevarlos a cualquier parte, a comprar los víveres y a hacer los pagos. Me siento en una banca y miro pasar a la gente. Meto la mano en el bolsillo, para confirmar que las llaves siguen ahí. Es todo lo que necesito, las llaves. Para poder volver cuando yo quiera. Si yo quiero... aunque a veces pienso en caminar y caminar más allá de esas calles en las que casi siempre vuelvo los pasos porque no me atrevo a ir más lejos . Pero tener la opción, tener la llave para volver aunque pretendo que no lo haré. Aunque me quede fuera hasta muy tarde y luego, cuando el frío o la lluvia o el hombre que me ha mirado o las ganas de echarse en lo propio, entonces entonces volver. Estar dentro otra vez, sólo para volver a buscar el pretexto que me lance a la calle.
Feb 10, 2005
Feb 9, 2005
Dos
Lucía. No soporta el frío. Ha vuelto a pedirme que cierre la ventana. Después, se pega a ella como si no pudiera salir. Como si no acabara de estar en la calle, perdida de mí hasta el momento en el que se aparece otra vez. Yo tan tranquilo que estaba. Tan tranquilo que estoy leyendo el periódico hasta que Lucía. Es de noche. De noche casi nunca. Es preciso encontrar una forma de despegarla de la ventana. Sugerirle que se compre un suéter, tal vez.
Feb 7, 2005
Capitulo 1
Mi nombre no es Lucía.
Eso debió quedar claro desde el principio. Evitémonos confusiones y establezcamos de una vez que mi nombre no es Lucía.
No es preciso decir cuál es, puede ser cualquiera excepto ése.
Eso debió quedar claro desde el principio. Evitémonos confusiones y establezcamos de una vez que mi nombre no es Lucía.
No es preciso decir cuál es, puede ser cualquiera excepto ése.
Feb 5, 2005
sin función
Es posible que él también se haya avergonzado. No lo sé y no lo mencionó. Igual que tú. Incapaz, pero de otra forma. Me pregunto si seré yo. Si será a causa mía. La primera vez juntos, en ambos casos. La primera vez, imposible, en las dos ocasiones. Ahí se acaban las similitudes. Tú fuiste muy vocal. Me explicaste, te explicaste. Lo hablamos y nos reímos. Me pediste respeto, secrecía, piedad. Te lo di todo mientras hubo reciprocidad. Él no me pidió nada, ni me explicó ni nos reímos ni nada. En silencio, a oscuras. Sin música pero también con frío. Sin poder hablarlo, ni querer hacerlo. Muda frente a su cuerpo desconocido. Cómo hacer. No supe decirle que estaba bien, como a ti. No supe decirle que no importaba, pero no pareció necesitarlo. Más tarde, en la calle mojada (ah, también la calle estaba mojada) me describió lo que yo ya sabía con frialidad, como en automático. Dos eufemismos y la situación fue dicha. Dicha que no nombrada. No lo nombró. Tú sí, pero vamos, eso es lo que tú haces. Me pregunto cómo me afecta esto. Me pregunto qué piensa mi cuerpo enojado. Mi cuerpo no piensa, esa soy yo. Mi cuerpo malgastado, malquerido. Mi cuerpo mal pagao.
Feb 4, 2005
paraguas
Anoche te soñé. Necesitaba el paraguas de regreso. Estaba lloviendo. Te llamé por teléfono sin saber en qué ciudad estabas. dijiste que tú y Mía acababan de regresar del cine. Dijiste Mía. Eso me desconcertó porque el registro que tengo de ella es otro, pero al fin y al cabo, yo no voy a saber más que tú sobre eso. Habían ido a ver dos series de cortos al cine. No me importó. Que fueran o que me lo contaran. Brevemente aparecieron sobre mi frente los dos, abrazados saliendo de la sala de cine. Tengo que devolver el paraguas a su dueña, te dije sacudiendo la visión, es urgente porque está lloviendo. Convenimos en encontrarnos en un estacaionamiento que está una calle más al norte que la casa de tus padres. No sé cómo llegué allá si yo estoy en este país y tú estás todavía más al norte que yo, pero nos encontramos en el lugar indicado, bajo la lluvia. Conducías un auto negro. Yo no, yo iba a pie. Así que nos volvimos a ver. Sacaste de la cajuela un horrible paraguas amarillo con blanco. No sé por qué lo quería de regreso, pero lo tomé. Los cabellos mojados, la ropa brillante de lluvia cubría los cuerpos encogidos sobre sí mismos. Entonces te despediste con la mano y volviste a montarte en tu auto negro que nunca había visto. Abrí el paraguas. Estaba roto. Caminé con él sobre la calle durante un buen rato antes de despertar y darme cuenta de que esta no es la historia que voy a contar. Así no. Esta no.
Jan 26, 2005
fuera de lugar
No fue ayer. Tal vez el lunes, cuando todavía la nieve sobre las aceras era blanca. Salió intempestivamente por una puerta que daba a la calle llena de gente. No sé como la ví, si todo fue tan rápido. Estaba mal puesta, ocupaba un lugar que no le correspondía, pero era ella. La reconocí por el rojo, por el café, por esa textura tan cálida, tan acogedora. Quise tomarla. Quise que volviera a estar sobre mi cuerpo para que después llegaras tú y la expulsaras de su sitio. Que tomaras primero una pierna y luego la otra y entonces...¿Por qué otra vez? ¿Por qué tengo que toparme con tu bufanda en esta ciudad en la que todo es desconocido excepto ella?
Jan 23, 2005
cuerpo (borrador)
Querido cuerpo (borrador uno)
Querido cuerpo:
Todavía no sé si serás capaz de pedonarme por todo esto que he tenido que hacerte. Pero sé que comprendes que a mí también me ha dolido herirte de esta manera. No podía ser de otra forma. Te habías convertido en mi enemigo. Te estabas tomando muy en serio tu papel. Y lo estabas disfrutando, además. ¡Le gustabas tanto a él! Pero yo ya no. Y tú me servías de pretexto para ser la excluida en ese triángulo que formábamos tú, él y yo. Por eso tuve que dañarte, para curarme yo. Para quitarle a él lo que más quería. También yo me desmorono cuando te veo así, desecho, inútil aquí en la cama. Cuando miro tus piernas inmóviles sobre este lecho vacío de él para siempre. Todavía puedo recordar la forma en que tomaba cada una con cuidado y les besaba los dedos de los pies. Yo pensaba que ese gesto sólo podía ser producto del más profundo amor. Los moretones que te pueblan esta vez son de otra naturaleza. Ya no son el signo del vino que te dábamos para que estuvieras dispuesto. Otra vez él y yo te dimos medicinas. Esa vez fue al contrario, para que te volvieras hostil. Para que expulsaras de tí a la esperanza. Vomitaste un par de veces y hubo que darte más medicina. Luego yo tuve que cargarte así, molesto y confundido por todas partes, en la ciudad, entre la gente. Mientras en tu interior se libraba la batalla más triste del mundo.
Querido cuerpo:
Todavía no sé si serás capaz de pedonarme por todo esto que he tenido que hacerte. Pero sé que comprendes que a mí también me ha dolido herirte de esta manera. No podía ser de otra forma. Te habías convertido en mi enemigo. Te estabas tomando muy en serio tu papel. Y lo estabas disfrutando, además. ¡Le gustabas tanto a él! Pero yo ya no. Y tú me servías de pretexto para ser la excluida en ese triángulo que formábamos tú, él y yo. Por eso tuve que dañarte, para curarme yo. Para quitarle a él lo que más quería. También yo me desmorono cuando te veo así, desecho, inútil aquí en la cama. Cuando miro tus piernas inmóviles sobre este lecho vacío de él para siempre. Todavía puedo recordar la forma en que tomaba cada una con cuidado y les besaba los dedos de los pies. Yo pensaba que ese gesto sólo podía ser producto del más profundo amor. Los moretones que te pueblan esta vez son de otra naturaleza. Ya no son el signo del vino que te dábamos para que estuvieras dispuesto. Otra vez él y yo te dimos medicinas. Esa vez fue al contrario, para que te volvieras hostil. Para que expulsaras de tí a la esperanza. Vomitaste un par de veces y hubo que darte más medicina. Luego yo tuve que cargarte así, molesto y confundido por todas partes, en la ciudad, entre la gente. Mientras en tu interior se libraba la batalla más triste del mundo.
Jan 22, 2005
Sin fecha
Lautriz terminó de poner orden (es un decir) en los papeles de su nueva morada. Un cartoncito color uva surgió como de la nada. La persiguió desde otro país, desde otro idioma. Un cartoncito arrugado con el borde delgadito color limón. Una letra despatarrada y azul dice:
"A veces extraño un poco fumar. Cuando tengo que esperar en público, por ejemplo. ¿Por qué? Me da propósito, I guess. Makes me look intèressante, supongo. Quedé con P de ir a oír jazz. Me avisó que ya terminó su clase de yoga. Justamente a mí me está haciendo falta ir al yoga. Necesito otra vez estar en armonía con mi cuerpo. Ponerme en sintonía. Pienso en R, en cómo hace siete, ocho minutos que pasó frente a este lugarcito a media luz donde lo espero vestida de ciudad. Pienso que tal vez no consideré la dificultad del estacionamiento. Pero yo conozco un poco los atajos y encontré un espacio sin dificultad. Pienso que estará de genio, peleándose con los demás autos, furioso con los espacios ocupados y las calles de un solo sentido que lo obligan a dar más vueltas. La música. Brasileña. Bossa nova. Esta canción la hemos compartido ya. ¿Cómo se llama? ¿Dónde? Me parece que en la noche, solos. Sin nuestros disfraces de ciudad respectiva ¿Nuestros disfraces respectivos de ciudad? El concierto empezará en cuarenta minutos. No llega. Ahora soy yo la que está molesta con la hora pico que elegimos. Enojada por hacer que P me lleve a un concierto al que ya no quiero ir. Quiero que llegue él ya y nos tomemos una copa de vino y no tengamos que ir a ninguna otra parte. Que él no tenga que irse con sus amigos ni yo al concierto. Que nos vayamos pronto a otro lugar y yo pueda quitarme los zapatos. Bad choice of shoes. Viene enojado. Acaba de pasar frente a la ventana esta que me separa del mundo. Respiración agitada. Molesto...."
Después, Lautriz mira con sorna una letra negra que completa el cartoncito. Es una letra diferente. De la misma, es posible, pero en otro momento. Lautriz no es grafóloga ni nada por el estilo. Pero se da cuenta. Se da cuenta y se calla. Se calla y transcribe:
"Dijo que lo de la canción era cierto. Pero no me quiso decir de dónde ni de cuándo. Tal vez él tampoco se acordaba. Dijo que lo que importaba era que nos pertenecía. Dijo que ahora cuando la escucháramos la sensación iba a ser la misma. Dijo que tampoco quería ir con sus amigos. Dijo que deberíamos pedir cerveza y queso y aceitunas. Eso hicimos. Dijo que le gustaba mi ropa interior, cuando ya estuvimos en mi auto y yo lo llevé a donde había dejado el suyo. Ese lugar en donde hay arte y por donde ahora cuando ya no está he caminado con algunos alcoholes encima. No importa la hora que sea, ni que ya hayan pasado muchos meses. No importa que el haya dicho que se marchaba con otra. Yo camino, conduzco por esa calle y él está ahí otra vez. La mano en mi cintura, los dedos explorando y dice otra vez que esos le gustan. Entonces exploto y lloro y reclamo. Me vuelvo a quedar perpleja. No entiendo por qué lo hago, pero grito y digo y me ofendo y lo arruino todo. Pasan tres, cuatro, cinco meses y vuelvo a detenerme en la acera y nos miro a ambos y sigo sin entender. Me asomo por la ventanilla del auto y ninguno me hace caso y quiero gritarles y decirles que ya basta. Pero no lo hago. Sólo me queda mirarlos mandar todo al carajo".
"A veces extraño un poco fumar. Cuando tengo que esperar en público, por ejemplo. ¿Por qué? Me da propósito, I guess. Makes me look intèressante, supongo. Quedé con P de ir a oír jazz. Me avisó que ya terminó su clase de yoga. Justamente a mí me está haciendo falta ir al yoga. Necesito otra vez estar en armonía con mi cuerpo. Ponerme en sintonía. Pienso en R, en cómo hace siete, ocho minutos que pasó frente a este lugarcito a media luz donde lo espero vestida de ciudad. Pienso que tal vez no consideré la dificultad del estacionamiento. Pero yo conozco un poco los atajos y encontré un espacio sin dificultad. Pienso que estará de genio, peleándose con los demás autos, furioso con los espacios ocupados y las calles de un solo sentido que lo obligan a dar más vueltas. La música. Brasileña. Bossa nova. Esta canción la hemos compartido ya. ¿Cómo se llama? ¿Dónde? Me parece que en la noche, solos. Sin nuestros disfraces de ciudad respectiva ¿Nuestros disfraces respectivos de ciudad? El concierto empezará en cuarenta minutos. No llega. Ahora soy yo la que está molesta con la hora pico que elegimos. Enojada por hacer que P me lleve a un concierto al que ya no quiero ir. Quiero que llegue él ya y nos tomemos una copa de vino y no tengamos que ir a ninguna otra parte. Que él no tenga que irse con sus amigos ni yo al concierto. Que nos vayamos pronto a otro lugar y yo pueda quitarme los zapatos. Bad choice of shoes. Viene enojado. Acaba de pasar frente a la ventana esta que me separa del mundo. Respiración agitada. Molesto...."
Después, Lautriz mira con sorna una letra negra que completa el cartoncito. Es una letra diferente. De la misma, es posible, pero en otro momento. Lautriz no es grafóloga ni nada por el estilo. Pero se da cuenta. Se da cuenta y se calla. Se calla y transcribe:
"Dijo que lo de la canción era cierto. Pero no me quiso decir de dónde ni de cuándo. Tal vez él tampoco se acordaba. Dijo que lo que importaba era que nos pertenecía. Dijo que ahora cuando la escucháramos la sensación iba a ser la misma. Dijo que tampoco quería ir con sus amigos. Dijo que deberíamos pedir cerveza y queso y aceitunas. Eso hicimos. Dijo que le gustaba mi ropa interior, cuando ya estuvimos en mi auto y yo lo llevé a donde había dejado el suyo. Ese lugar en donde hay arte y por donde ahora cuando ya no está he caminado con algunos alcoholes encima. No importa la hora que sea, ni que ya hayan pasado muchos meses. No importa que el haya dicho que se marchaba con otra. Yo camino, conduzco por esa calle y él está ahí otra vez. La mano en mi cintura, los dedos explorando y dice otra vez que esos le gustan. Entonces exploto y lloro y reclamo. Me vuelvo a quedar perpleja. No entiendo por qué lo hago, pero grito y digo y me ofendo y lo arruino todo. Pasan tres, cuatro, cinco meses y vuelvo a detenerme en la acera y nos miro a ambos y sigo sin entender. Me asomo por la ventanilla del auto y ninguno me hace caso y quiero gritarles y decirles que ya basta. Pero no lo hago. Sólo me queda mirarlos mandar todo al carajo".
Jan 20, 2005
blueprint
Tengo mucho miedo.
Me parece que me estoy conviertiendo en esa ciudad.
Esa misma que tú y yo pleaneamos cuando nos despojábamos de las otras ciudades.
Esas que éramos cuando había lagos y pantallas y alumnos.
Cuando sin disfraces dibujábamos las calles de una ciudad nueva.
Una otra ciudad en la que tú y yo nos íbamos a convertir.
'
Me miro en días como hoy y me muero de miedo.
Porque me doy cuenta de que estoy empezando a ser una ciudad diferente.
Pero igual a la que soñamos.
Y ya sé que ésa es sólo una ciudad imaginada.
Esa ciudad no existe y ahora soy yo.
Me parece que me estoy conviertiendo en esa ciudad.
Esa misma que tú y yo pleaneamos cuando nos despojábamos de las otras ciudades.
Esas que éramos cuando había lagos y pantallas y alumnos.
Cuando sin disfraces dibujábamos las calles de una ciudad nueva.
Una otra ciudad en la que tú y yo nos íbamos a convertir.
'
Me miro en días como hoy y me muero de miedo.
Porque me doy cuenta de que estoy empezando a ser una ciudad diferente.
Pero igual a la que soñamos.
Y ya sé que ésa es sólo una ciudad imaginada.
Esa ciudad no existe y ahora soy yo.
Jan 10, 2005
Días como hoy. Los odio. Te recuerdo como si no te hubieras largado. Salta a mis labios tu nombre como si no me importaras, como si fueras una figura lejana. La misma que eras hasta antes de...hasta antes. Encontré un fajo de cuartillas impresas con tus palabras. Carajo. No lo entiendo. ¿Cómo es que todavía te cuelas por aquí con cara de alumno enamorado? ¿Cómo te atreves a referirte a mi taconeo y llamarme seniorita Ele?
Ahh. Las palabras, tan traicioneras. Por un momento te hacen ver bien.
Ahh. Las palabras, tan traicioneras. Por un momento te hacen ver bien.
Jan 5, 2005
diario
Lautriz ha estado husmando en papeles y hojas y cartas y documentos.
Entre ellos ha encontrado una hojita con un texto en tinta roja y frágil:
"Marzo 16
¿Qué se siente? Se siente fatal. Hoy todo el día una impotencia terrible ante las diferentes batallas que se están librando en el cuerpo. En mi cuerpo. ¿Por qué he tomado esta decisión? ¿Por qué no hemos tomado esta decisión?¿Por qué darle cosas al cuerpo? Para tener paz, para serenidad. Hoy he visitado nueve veces el baño (son las cuatro de la tarde), todas con un miedo horrible. Tres de ellas estuve a punto de llorar. Un par de lágrimas, las admisibles. El mareo, las manos dormidas..."
A veces Lautriz es una metiche de lo peor.
Entre ellos ha encontrado una hojita con un texto en tinta roja y frágil:
"Marzo 16
¿Qué se siente? Se siente fatal. Hoy todo el día una impotencia terrible ante las diferentes batallas que se están librando en el cuerpo. En mi cuerpo. ¿Por qué he tomado esta decisión? ¿Por qué no hemos tomado esta decisión?¿Por qué darle cosas al cuerpo? Para tener paz, para serenidad. Hoy he visitado nueve veces el baño (son las cuatro de la tarde), todas con un miedo horrible. Tres de ellas estuve a punto de llorar. Un par de lágrimas, las admisibles. El mareo, las manos dormidas..."
A veces Lautriz es una metiche de lo peor.
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